¿No habéis oído hablar de Él en las encrucijadas de la India? ¿Y en la tierra de los Magos, y sobre las arenas de Egipto?
Y aquí en vuestro País del Norte vuestros antiguos bardo cantaron a Prometeo, el portador del fuego, aquel que fue el deseo del hombre cumplido, la esperanza enjaulada hecha libre; y a Orfeo, que vino con una voz y una lira para avivar el espíritu en la bestia y en el hombre.
¿Y no sabéis de Mitra el rey, ni de Zoroastro, el profeta de los persas, que despertó del antiguo sueño del hombre y se detuvo junto al lecho de nuestro ensueño?
Nosotros mismos nos convertimos en hombre ungido cuando nos reunimos en el Templo Invisible, una vez cada mil años. Entonces surge uno encarnado, y a su llegada nuestro silencio se convierte en canto.
Sin embargo, nuestros oídos no se vuelven siempre hacia la escucha ni nuestros ojos hacia la visión.
Jesús el Nazareno nació y se crió como nosotros; su madre y su padre fueron como nuestros padres, y Él fue un hombre.
Pero el Cristo, la Palabra, que era en el principio, el Espíritu que haría que viviéramos nuestra vida más plena, vino a Jesús y estuvo con Él.
Y el Espíritu era la diestra versada del Señor, y Jesús era el arpa.
El Espíritu era el salmo, y Jesús su estribillo.
Y Jesús, el Hombre de Nazaret, fue el anfitrión y el portavoz del Cristo, quien caminó con nosotros bajo el sol y nos llamó Sus amigos.
En aquellos días las colinas de Galilea y sus valles no escuchaban sino Su voz. Y yo era un joven entonces, y andaba por Su senda y seguía Sus huellas.