Mas al partir me hablaron y dijeron:
«El niño no tiene más que un día de vida, mas hemos visto la luz de nuestro Dios en sus ojos y la sonrisa de nuestro Dios en su boca.
“Os rogamos que le protegéis, para que Él os proteja a todos.”
Y diciendo esto, montaron en sus camellos y no los vimos más.
Ahora María parecía no tanto dichosa por su primogénito, como llena de asombro y sorpresa.
Miraba a su hijo y luego volvía el rostro hacia la ventana y contemplaba el cielo a lo lejos como si tuviera visiones.
Y había valles entre su corazón y el mío.
Y el niño creció en cuerpo y en espíritu, y era diferente de los demás niños. Era distante y difícil de gobernar, y no pude poner mi mano sobre Él.
Pero Él era amado por todos en Nazaret, y en mi corazón yo sabía por qué.
A menudo Él nos quitaba la comida para dársela al transeúnte. Y les daba a otros niños el dulce que yo le había dado, antes de haberlo probado con su propia boca.
Se subía a los árboles de mi huerto para coger las frutas, pero nunca para comérselas Él.
Y corría con otros muchachos, y a veces, por ser más veloz de pies, se detenía para que ellos pudieran pasar la meta antes de que Él la alcanzara.
Y a veces, cuando lo llevaba a su cama, Él decía: