Bien recuerdo la última vez que vi a Jesús el Nazareno. Judas había venido a mí a la hora del mediodía de aquel jueves y me había mandado preparar la cena para Jesús y sus amigos.
Me dio dos piezas de plata y dijo:
“Compra todo lo que juzgues necesario para la comida”.
Y después de que Él se hubo ido, mi mujer me dijo:
«Esto es en verdad una distinción».
Pues Jesús se había convertido en profeta y había obrado muchos milagros.
Al anochecer Él vino y Sus seguidores, y se sentaron en el aposento alto alrededor de la mesa, pero estaban silenciosos y callados.
El año pasado también y el anterior habían venido y entonces se habían alegrado. Partían el pan y bebían el vino y cantaban nuestros antiguos sones; y Jesús les hablaba hasta la medianoche.
Después de eso le dejaban solo en el aposento alto e iban a dormir a otras habitaciones; pues después de medianoche era su deseo estar solo.
Y Él permanecería despierto; escucharía Sus pasos mientras yacía sobre mi lecho.
Pero esta última vez Él y sus amigos no estaban felices.
Mi mujer había preparado pescados del mar de Galilea, y faisanes de Haurán rellenos de arroz y granos de granada, y yo les había llevado un jarro de mi vino de ciprés.