Y en la tarde del tercer día llegamos a la cumbre del monte Hermón, y allí Él se detuvo contemplando las ciudades de las llanuras.
Y Su rostro brillaba como oro fundido, y extendió Sus brazos y nos dijo:
“Mirad la tierra con su vestido verde, y ved cómo los arroyos han dobladillado los bordes de sus ropas con plata.
“En verdad la tierra es bella y todo cuanto hay sobre ella es bello.
“Pero hay un reino más allá de todo lo que contempláis, y en él yo he de reinar. Y si es vuestra elección, y si es en verdad vuestro deseo, también vosotros vendréis y gobernaréis conmigo.
“Mi rostro y vuestros rostros no irán enmascarados; nuestra mano no sostendrá ni espada ni cetro, y nuestros súbditos nos amarán en paz y no nos temerán”.
Así habló Jesús, y ante todos los reinos de la tierra quedé ciego, y ante todas las ciudades de murallas y torres; y estuvo en mi corazón seguir al Maestro hasta Su reino.
Entonces, justo en ese momento, Judas Iscariote se adelantó. Y se acercó a Jesús, y habló y dijo:
«He aquí que los reinos del mundo son vastos, y he aquí que las ciudades de David y Salomón prevalecerán contra los romanos. Si quieres ser el rey de los judíos, estaremos a tu lado con espada y escudo, y venceremos al extranjero».
Pero cuando Jesús oyó esto se volvió hacia Judas, y su rostro se llenó de ira. Y habló con una voz terrible como el trueno del cielo y dijo:
«¡Párate detrás de mí, Satanás! ¿Piensas que vine a través de los años para gobernar un hormiguero por un día?