Su nombre es Saulo de Tarso, y fue él quien había entregado a Esteban a los sacerdotes, a los romanos y a la muchedumbre, para que fuera apedreado.
Saúl era calvo y de baja estatura. Sus hombros eran encorvados y sus facciones, desproporcionadas; y no me caía bien.
Me han dicho que ahora predica a Jesús desde los tejados. Es difícil de creer.
Pero la tumba no detiene el caminar de Jesús hacia el campamento de los enemigos para dominar y tomar cautivos a aquellos que se le habían opuesto.
Todavía no me agrada ese hombre de Tarso, aunque me han dicho que después de la muerte de Esteban fue amansado y vencido en el camino a Damasco. Pero su cabeza es demasiado grande para que su corazón sea el de un verdadero discípulo.
Y sin embargo tal vez me equivoque. A menudo me equivoque.