A menudo me pregunto si Jesús fue un hombre de carne y hueso como nosotros, o un pensamiento sin cuerpo, en la mente, o una idea que visita la visión del hombre.
A menudo me parece que Él no fue sino un sueño soñado por los incontables hombres y mujeres al mismo tiempo en un sueño más profundo que el sueño y un alba más serena que todas las albas.
Y parece que al relatar el sueño, el uno al otro, empezamos a considerarlo una realidad que en verdad había acontecido; y al darle cuerpo con nuestra fantasía y voz con nuestro anhelo, hicimos de él una sustancia de nuestra propia sustancia.
Pero en verdad Él no era un sueño. Lo conocimos durante tres años y lo contemplamos con nuestros ojos abiertos en la pleamar del mediodía.
Tocamos Sus manos, y Le seguimos de un lugar a otro. Oímos Sus discursos y fuimos testigos de Sus obras.
¿Pensáis que éramos un pensamiento que busca más pensamientos, o un sueño en la región de los sueños?
Los grandes acontecimientos siempre parecen ajenos a nuestra vida cotidiana, aunque su naturaleza hunda sus raíces en la nuestra. Pero, aunque parezca repentina su llegada y repentina su partida, su verdadera duración se extiende por años y por generaciones.
Jesús de Nazaret fue Él mismo el Gran Acontecimiento. Aquel hombre, cuyo padre y madre y hermanos conocemos, fue Él mismo un milagro