Él era un buen carpintero. Las puertas que elaboraba jamás eran abiertas por ladrones, y las ventanas que hacía siempre estaban listas para abrirse al viento del este y al del oeste.
Y él hizo arcones de madera de cedro, pulida y duradera, y arados y bieldos fuertes y dóciles a la mano.
Y Él talló atriles para nuestras sinagogas. Los talló en madera de moral dorado; y a ambos lados del soporte, donde reposa el libro sagrado, cinceló alas desplegadas; y bajo el soporte, cabezas de toros y palomas, y ciervos de grandes ojos.
Todo esto lo obró a la manera de los caldeos y de los griegos. Pero había en su destreza algo que no era ni caldeo ni griego.
Ahora bien, esta casa mía fue edificada por muchas manos hace treinta años. Busqué constructores y carpinteros en todos los pueblos de Galilea. Cada uno de ellos poseía la destreza y el arte de construir, y quedé complacido y satisfecho con todo lo que hicieron.
Pero ven ahora, y contempla dos puertas y una ventana que fueron hechas por Jesús de Nazaret. Ellas, en su estabilidad, se burlan de todo lo demás en mi casa.
¿No ves que estas dos puertas son diferentes de todas las demás puertas? Y esta ventana que se abre hacia el este, ¿no es diferente de las otras ventanas?