En el fondo todos somos labradores, y todos amamos el viñedo. Y en los pastos de nuestra memoria hay un pastor y un rebaño y la oveja perdida;
Y ahí están la reja del arado y el trujal y la era.
Él conocía la fuente de nuestro yo más antiguo, y el hilo persistente del que estamos tejidos.
Los oradores griegos y romanos hablaban a sus oyentes de la vida tal como se le aparecía a la mente. El Nazareno habló de un anhelo que se alojaba en el corazón.
Vieron la vida con ojos solo un poco más claros que los tuyos y los míos.
Él vio la vida a la luz de Dios.
A menudo pienso que Él le habló a la multitud como le hablaría una montaña a la llanura.
Y en su discurso había un poder que no poseían los oradores de Atenas ni de Roma.