Jesús nunca estuvo casado, pero fue amigo de las mujeres, y las conoció como se las conocería en una dulce camaradería.
Y amaba a los niños como habrían de ser amados en la fe y la comprensión.
En la luz de Sus ojos había un padre y un hermano y un hijo.
Él tomaba a un niño sobre Sus rodillas y decía:
«De estos es vuestra fuerza y vuestra libertad; y de estos es el reino del espíritu».
Dicen que Jesús no prestó atención a la ley de Moisés, y que fue demasiado indulgente con las prostitutas de Jerusalén y del campo.
Yo misma en aquel tiempo era considerada una ramera, pues amaba a un hombre que no era mi esposo, y él era saduceo.
Y un día los saduceos me sorprendieron en mi casa cuando mi amante estaba conmigo, y me prendieron y me retuvieron, y mi amante se marchó y me dejó.
Luego me llevaron al mercado donde Jesús estaba enseñando.
Era su deseo presentarme ante Él como una prueba y una trampa para Él.
Pero Jesús no me juzgó. Él echó la vergüenza sobre aquellos que me habrían avergonzado, y los reprochó.
Y Él me mandó seguir mi camino.