Al hablar de aquel hombre, Jesús, y de Su muerte, consideremos dos hechos sobresalientes: la Torá debe ser guardada a salvo por nosotros, y este reino debe ser protegido por Roma.
Ahora bien, ese hombre nos desafió a nosotros y a Roma. Envenenó la mente de la gente sencilla y los guio como por arte de magia contra nosotros y contra el César.
Mis propios esclavos, tanto hombres como mujeres, tras oírle hablar en la plaza del mercado, se volvieron huraños y rebeldes. Algunos de ellos abandonaron mi casa y escaparon al desierto de donde procedían.
No olvides que la Torá es nuestro cimiento y nuestra torre de fuerza. Ningún hombre nos socavará mientras tengamos este poder para contener su mano, y ningún hombre derrocará a Jerusalén mientras sus muros se mantengan sobre la piedra antigua que David colocó.
Si la simiente de Abraham ha de vivir y prosperar de verdad, esta tierra debe permanecer inmaculada.
Y aquel hombre, Jesús, era un profanador y un corrupto. Le dimos muerte con la conciencia deliberada y limpia. Y daremos muerte a todos aquellos que envilezcan las leyes de Moisés o busquen mancillar nuestra sagrada herencia.
Nosotros y Poncio Pilato conocíamos el peligro que representaba aquel hombre, y que era prudente acabar con Él.
Me encargaré de que Sus seguidores lleguen al mismo fin, y el eco de Sus palabras al mismo silencio.