Él era un mago, de pies a cabeza, y un hechicero, un hombre que confundía a los sencillos con sortilegios y encantamientos. Y jugaba con las palabras de nuestros profetas y con las santidades de nuestros antepasados.
Sí, incluso mandó que los muertos fuesen Sus testigos, y las tumbas mudas Sus precursores y Su autoridad.
Buscó a las mujeres de Jerusalén y a las mujeres del campo con la astucia de la araña que busca a la mosca; y quedaron atrapadas en Su red.
Porque las débiles y vacías de cabeza son las mujeres, y siguen al hombre que consuela su pasión latente con palabras suaves y tiernas. De no ser por estas mujeres, enfermas y poseídas por Su espíritu maligno, Su nombre habría sido borrado de la memoria del hombre.
¿Y quiénes eran los hombres que le seguían?
Eran de la horda de los yugados y pisoteados. En su ignorancia y temor, jamás se habrían rebelado contra sus legítimos amos. Pero cuando Él les prometió altas dignidades en Su reino de espejismo, cedieron a Su fantasía como la arcilla al alfarero.
¿No sabéis que el esclavo en sus sueños siempre desearía ser amo; y el debilucho, un león?
El Galileo era un taumaturgo y un embaucador, un hombre que perdonaba los pecados de todos los pecadores para poder escuchar el