Sé que mi hijo está muerto. Pero sé que no traicionó a nadie; porque amaba a los suyos y no aborrecía a nadie más que a los romanos.
Mi hijo buscó la gloria de Israel, y nada más que esa gloria estaba en sus labios y en sus obras.
Cuando conoció a Jesús en el camino, me dejó para seguirlo. Y en mi corazón supe que se equivocaba al seguir a cualquier hombre.
Cuando me despidió le dije que estaba equivocado, pero no escuchó.
Nuestros hijos no nos prestan atención; como la marea alta de hoy, no piden consejo a la marea alta de ayer.
Te ruego que no me hagas más preguntas sobre mi hijo.
Lo amé y lo amaré por siempre jamás.
Si el amor estuviera en la carne lo quemaría con hierros ardientes y estaría en paz. Pero está en el alma, inalcanzable.
Y ahora no hablaré más. Ve a interrogar a otra mujer más honrada que la madre de Judas.
Ve a la madre de Jesús. La espada está también en su corazón; ella te hablará de mí, y comprenderás.