Era finales del verano cuando Él y otros tres hombres caminaron por primera vez por ese camino de allá.
Era el atardecer, y Él se detuvo y se quedó allí de pie al final del pastizal.
Yo tocaba la flauta, y mi rebaño pastaba a mi alrededor. Cuando Él se detuvo, me levanté, me acerqué y me detuve ante Él.
Y Él me preguntó: “¿Dónde está la tumba de Elías? ¿No está acaso en algún lugar cerca de este sitio?”
Y le contesté: «Está allí, señor, debajo de ese gran montón de piedras. Hasta el día de hoy, cada transeúnte trae una piedra y la coloca sobre el montón».
Y Él me dio las gracias y se alejó, y sus amigos caminaron detrás de Él.
Y después de tres días Gamaliel, que era también pastor, me dijo que el hombre que había pasado era un profeta en Judea; pero yo no le creí. Sin embargo, pensé en aquel hombre durante muchas lunas.
Cuando llegó la primavera, Jesús pasó una vez más por este prado, y esta vez iba solo.
Yo no estaba tocando mi flauta ese día, pues había perdido una oveja y estaba desconsolado, y mi corazón se sentía abatido dentro de mí.
Y caminé hacia Él y me detuve ante Él, porque deseaba ser consolado.
Y Él me miró y dijo:
“Hoy no tocas tu flauta. ¿De dónde viene la tristeza en tus ojos?”