Los judíos, al igual que sus vecinos los fenicios y los árabes, no consienten que sus dioses descansen un solo momento sobre el viento.
Se exceden en la consideración de su deidad, y son hiperobservantes de la oración, el culto y el sacrificio de los demás.
Mientras que nosotros, los romanos, construimos templos de mármol a nuestros dioses, esta gente discute sobre la naturaleza de su dios. Cuando estamos en éxtasis, cantamos y bailamos alrededor de los altares de Júpiter y Juno, de Marte y Venus; pero ellos, en su arrobamiento, visten cilicio y cubren sus cabezas con ceniza, e incluso lamentan el día que los vio nacer.
Y a Jesús, el hombre que reveló a Dios como un ser de alegría, lo torturaron y luego lo mataron.
Estas personas no estarían contentas con un dios feliz. Solo conocen a los dioses de su dolor.
Aun los amigos y discípulos de Jesús que conocieron Su regocijo y escucharon Su risa, se hacen una imagen de Su dolor, y adoran esa imagen.
Y en tal adoración no ascienden a su divinidad; sólo hacen descender a su divinidad hasta ellos mismos.
Creo, sin embargo, que este filósofo, Jesús, que no era desemejante a Sócrates, tendrá poder sobre su raza y tal vez sobre otras razas.