Cada vez que Él pasaba, mi corazón se dolía por su hermosura,
- Pero mi madre le fruncía el ceño con desprecio,
- Y me apresuraba a alejarme de la ventana Hacia mi alcoba.
Y exclamaba en voz alta, diciendo:
"¿Quién es Él sino otro devorador de langostas del desierto?"
“¿Qué es Él sino un burlón y un renegado, Un agitador sedicioso que nos robaría cetro y corona, Y ordenaría a los zorros y chacales de Su maldita tierra Aullar en nuestros salones y sentarse en nuestro trono?
Id a ocultar vuestro rostro desde hoy, Y aguardad el día en que Su cabeza caiga, Mas no sobre vuestra bandeja”.
Estas cosas decía mi madre. Pero mi corazón no guardaba sus palabras. Lo amaba en secreto, Y mi sueño estaba ceñido de llamas.
Él se ha ido ahora. Y algo que había en mí también se ha ido.
Tal vez fuera mi juventud la que no quiso detenerse aquí, desde que el Dios de la juventud fue asesinado.