Judas vino a mi casa aquel viernes, en la víspera de la Pascua; y llamó a mi puerta con fuerza.
Cuando entró lo miré, y su rostro estaba ceniciento. Sus manos temblaban como ramitas secas en el viento, y su ropa estaba tan empapada como si hubiera salido de un río; pues en esa tarde había grandes tempestades.
Me miró, y las cuencas de sus ojos eran como cuevas oscuras y sus ojos estaban empapados de sangre.
Y él dijo:
“He entregado a Jesús de Nazaret a Sus enemigos y a mis enemigos”.
Entonces Judas se torció las manos y dijo:
«Jesús declaró que vencería a todos Sus enemigos y a los enemigos de nuestro pueblo. Y yo creí y le seguí.
“Cuando por primera vez Él nos llamó hacia Sí nos prometió un reino poderoso y vasto, y en nuestra fe buscamos Su favor para poder tener puestos honorables en Su corte.
“Nos contemplamos a nosotros mismos como príncipes tratando con estos romanos como ellos han tratado con nosotros. Y Jesús habló mucho de Su reino, y pensé que me había elegido capitán de Sus carros y hombre principal de Sus guerreros. Y seguí Sus pasos de buena gana.