Un millar de veces me ha visitado el recuerdo de aquella noche. Y sé ahora que me volverá a visitar un millar de veces más.
La tierra olvidará los surcos arados en su pecho, y una mujer el dolor y la alegría del parto, antes de que yo olvide aquella noche.
Por la tarde habíamos estado fuera de los muros de Jerusalén, y Jesús había dicho:
«Vayamos a la ciudad ahora y cenemos en la posada».
Era de noche cuando llegamos a la posada, y teníamos hambre. El posadero nos saludó y nos condujo a una habitación en la planta alta.
Y Jesús nos mandó sentar alrededor de la mesa, pero él mismo permaneció de pie, y sus ojos se posaron sobre nosotros.
Y habló al posadero y le dijo:
«Tráeme una jofaina y un cántaro lleno de agua, y una toalla».
Y nos miró de nuevo y dijo con gentileza: «Descalzaos».
No entendíamos, pero por Su mandato los arrojamos.
Luego el mesonero trajo la jofaina y el cántaro; y Jesús dijo:
«Ahora lavaré vuestros pies. Pues es necesario que libere vuestros pies del polvo del camino antiguo, y les dé la libertad del camino nuevo».
Y todos estábamos desconcertados y tímidos.