Jesús fue paciente con el tonto y el estúpido, aun como el invierno aguarda a la primavera.
Él era paciente como una montaña en el viento.
Él respondió con bondad a las duras indagatorias de Sus enemigos.
Él podía incluso callar para argüir y disputar, porque era fuerte y los fuertes pueden ser indulgentes.
Pero Jesús también era impaciente.
No perdonó al hipócrita.
No cedió ni a los hombres astutos ni a los malabaristas de las palabras.
Y Él no se dejaría gobernar.
Él se mostraba impaciente con aquellos que no creían en la luz porque ellos mismos moraban en la sombra; y con aquellos que buscaban señales en el cielo en lugar de en sus propios corazones.
Le perdía la paciencia con aquellos que pesaban y medían el día y la noche antes de confiar sus sueños al alba o al anochecer.
Jesús era paciente.
Sin embargo, Él era el más impaciente de los hombres.
Él querría que tejas la tela aunque pases años entre el telar y el lino.
Pero Él no permitiría que nadie arrancara ni una pulgada de la tela tejida.