Estaba en la orilla del mar de Galilea cuando vi por primera vez a Jesús, mi Señor y mi Maestro.
Mi hermano Andrés estaba conmigo y estábamos echando nuestra red en las aguas.
Las olas eran bravas y altas y pescamos bien pocos peces.
Y nuestros corazones estaban apesadumbrados.
De pronto, Jesús se puso junto a nosotros, como si hubiera cobrado forma en ese mismo instante, pues no le habíamos visto acercarse.
Nos llamó por nuestros nombres, y Él dijo:
«Si me siguen, los llevaré a una ensenada donde los peces abundan».
Y al mirar Su rostro la red cayó de mis manos, pues una llama se encendió dentro de mí y lo reconocí.
Y mi hermano Andrés habló y dijo:
«Conocemos todas las ensenadas de estas costas, y sabemos también que en un día ventoso como este los pechos buscan una profundidad que escapa a nuestras redes».
Y Jesús respondió:
«Sígueme a las orillas de un mar más inmenso. Te haré pescador de hombres. Y tu red jamás estará vacía».