Cierto día, en la primavera del año, Jesús estuvo en el mercado de Jerusalén y habló a las multitudes acerca del reino de los cielos.
Y acusó a los escribas y a los fariseos de tender trampas y cavar fosos en el sendero de aquellos que anhelan el reino; y los denuncio.
Ahora bien, entre la multitud había un grupo de hombres que defendían a los fariseos y a los escribas, y procuraban echar mano de Jesús y de nosotros también.
Pero Él los esquivó y se apartó de ellos, y caminó hacia la puerta norte de la ciudad.
Y Él nos dijo:
“Mi hora aún no ha llegado. Muchas son las cosas que aún tengo que deciros, y muchas las obras que aún realizaré antes de entregarme al mundo.”
Entonces Él dijo, y había alegría y risa en su voz:
«Vayamos al País del Norte y encontrémonos con la primavera. Ven conmigo a los cerros, porque el invierno ha pasado y las nieves del Líbano descienden a los valles para cantar con los arroyos.
“Los campos y los viñedos han desterrado el sueño y están despiertos para saludar al sol con sus higos verdes y sustiernas uvas.”
Y Él caminó delante de nosotros y nosotros le seguimos, ese día y el siguiente.