Era en el mes de junio cuando lo vi por primera vez. Él caminaba por el trigal cuando pasé con mis doncellas, y estaba solo.
El ritmo de Sus pasos era diferente al de los demás hombres, y el movimiento de Su cuerpo no se parecía a nada que hubiera visto antes.
Los hombres no caminan por la tierra de esa manera.
Y aun ahora no sé si Él caminaba rápido o despacio.
Mis doncellas le señalaron con el dedo y se hablaron en tímidos susurros la una a la otra. Y detuve mis pasos por un momento, y alcé la mano para saludarle.
Pero Él no volvió su rostro, y no me miró. Y le odié.
Fui arrastrada de nuevo hacia mi interior, y estaba tan fría como si hubiera estado en un ventisquero. Y temblé.
Aquélla noche Lo contemplé en mis sueños; y después me contaron que grité dormido y estuve inquieto en mi lecho.
Fue en el mes de agosto cuando lo vi de nuevo, a través de mi ventana.
Estaba sentado a la sombra del ciprés al otro lado de mi jardín, y permanecía inmóvil como si hubiera sido esculpido en piedra, a la manera de las estatuas de Antioquía y otras ciudades del País del Norte.
Y mi esclavo, el egipcio, vino a mí y me dijo:
“Ese hombre está aquí otra vez. Está sentado ahí, al otro lado de tu jardín”.