Jesús, el hijo de mi hija, nació aquí en Nazaret en el mes de enero. Y la noche en que nació Jesús fuimos visitados por hombres del Oriente. Eran persas que llegaron a Esdraelón con las caravanas de los madianitas en su camino a Egipto. Y como no encontraron habitaciones en la posada, buscaron refugio en nuestra casa.
Y los recibí y les dije:
“Mi hija ha dado a luz un hijo esta noche. Sin duda me perdonaréis si no os sirvo como corresponde a una anfitriona”.
Luego me dieron las gracias por haberles dado refugio. Y después de cenar me dijeron:
«Queremos ver al recién nacido».
Ahora bien, el Hijo de María era hermoso de contemplar, y ella también era agraciada.
Y cuando los persas contemplaron a María y a su hijo, sacaron oro y plata de sus alforjas, y mirra e incienso, y lo depositaron todo a los pies del niño.
Luego cayeron al suelo y oraron en una lengua extraña que no entendíamos.
Y cuando los conduje a la cámara nupcial preparada para ellos, caminaban como si estuvieran admirados de lo que habían visto.
Cuando llegó la mañana nos dejaron y siguieron el camino de Egipto.