¿Qué diré de Su palabra? Quizá algo en Su persona confería poder a Sus palabras e inclinaba a quienes le escuchaban. Pues era apuesto, y el resplandor del día se hallaba sobre Su rostro.
Hombres y mujeres lo contemplaban más de lo que escuchaban sus argumentos. Pero a veces hablaba con el poder de un espíritu, y ese espíritu tenía autoridad sobre quienes lo escuchaban.
En mi juventud había oído a los oradores de Roma, de Atenas y de Alejandría. El joven nazareno era distinto a todos ellos.
Ensamblaban sus palabras con un arte capaz de cautivar el oído, pero cuando le escuchabas a Él, tu corazón te abandonaba y se iba a deambular por regiones aún no visitadas.
Él contaba una historia o relataba una parábola, y semejantes a Sus historias y parábolas jamás se habían oído en Siria. Parecía hilarlas a partir de las estaciones, tal como el tiempo hila los años y las generaciones.
Comenzaba una historia de este modo: «El labrador salió al campo a sembrar sus semillas».
O bien:
“Érase una vez un hombre rico que tenía muchos viñedos.”
O bien: “Un pastor contó sus ovejas al anochecer y descubrió que le faltaba una”.
Y tales palabras transportaban a Quien los escuchaba hacia su ser más sencillo, y hacia la antigüedad de sus días.