Él vio visiones que nosotros no vimos, y oyó voces que nosotros no oímos; y habló como si fuera a multitudes invisibles, y muchas veces habló a través de nosotros a razas aún por nacer.
Y Jesús estaba a menudo solo. Estaba entre nosotros pero no era uno de nosotros. Estaba sobre la tierra, pero era del cielo. Y solo en nuestra soledad podemos visitar la tierra de su soledad.
Nos amó con tierno amor.
Su corazón era un lagar.
Tú y yo podíamos acercarnos con una copa y beber de él.
Una cosa que antes no solía entender en Jesús:
- Se regocijaba con sus oyentes;
- Contaba chistes y jugaba con las palabras, y reía con toda la plenitud de su corazón, aun cuando había distancias en sus ojos y tristeza en su voz.
Pero ahora lo entiendo.
A menudo pienso en la tierra como en una mujer encinta de su primer hijo. Cuando nació Jesús, Él fue el primer hijo. Y cuando murió, Él fue el primer hombre en morir.
¿Pues no os pareció que la tierra enmudeció en aquel Viernes oscuro, y que los cielos estaban en guerra con los cielos?
¿Y no sentiste cuando Su rostro desapareció de nuestra vista como si fuéramos nada más que recuerdos en la niebla?