Mi hijo era un hombre bueno y honrado. Fue tierno y bondadoso conmigo, y amaba a los suyos y a sus compatriotas. Y aborrecía a nuestros enemigos, los malditos romanos, que visten telas de púrpura aunque no hilan ni se sientan ante ningún telar; y que cosechan y recogen donde no han arado ni sembrado la semilla.
Mi hijo apenas tenía diecisiete años cuando lo atraparon disparando flechas contra la legión romana que atravesaba nuestro viñedo.
Aun a esa edad les hablaba a los otros jóvenes de la gloria de Israel, y pronunciaba muchas cosas extrañas que yo no comprendía.
Era mi hijo, mi único hijo.
Él bebió la vida de estos pechos ahora resecos, y dio sus primeros pasos en este jardín, aferrándose a estos dedos que hoy son como juncos temblorosos.
Con estas mismas manos, jóvenes y frescas entonces como las uvas del Líbano, guardé sus primeras sandalias en un pañuelo de lino que mi madre me había regalado.
Todavía las conservo allí, en ese baúl, junto a la ventana.
Él fue mi primogénito, y cuando dio su primer paso, yo también di mi propio paso. Pues las mujeres no viajan sino cuando sus hijos las guían.
Y ahora me dicen que ha muerto por su propia mano; que se arrojó desde la Roca Alta en un remordimiento por haber traicionado a su amigo Jesús de Nazaret.