Todas mis puertas y ventanas ceden ante los años salvo estas que Él hizo. Ellas solas resisten firmes a la intemperie.
Y mira esas vigas transversales, cómo las colocó; y estos clavos, cómo están metidos desde un lado de la tabla, y luego atrapados y asegurados con tanta firmeza por el otro lado.
Y lo que resulta extrañamente curioso es que aquel jornalero que era digno del salario de dos hombres no recibió sino el jornal de uno solo; y ese mismo jornalero ahora es tenido por profeta en Israel.
Si hubiera sabido entonces que este joven con sierra y cepillo era un profeta, le habría rogado que hablara en vez de trabajar, y entonces le habría pagado con creces por sus palabras.
Y ahora todavía tengo muchos hombres trabajando en mi casa y en mis campos. ¿Cómo reconoceré al hombre cuya propia mano está sobre su herramienta, del hombre sobre cuya mano Dios pone Su mano?
Sí, ¿cómo conoceré la mano de Dios?