Iba camino de los campos cuando Le vi cargando con su cruz; y multitudes Le seguían.
Entonces yo también caminé junto a Él.
Su carga lo detuvo muchas veces, pues su cuerpo estaba exhausto.
Entonces un soldado romano se me acercó y me dijo:
«Ven, tú eres fuerte y de complexión robusta; carga con la cruz de este hombre».
Cuando escuché estas palabras, mi corazón se hinchó dentro de mí y sentí gratitud.
Y llevé Su cruz.
Era pesada, pues estaba hecha de álamo empapado por las lluvias del invierno.
Y Jesús me miró. Y el sudor de su frente le corría por la barba.
De nuevo me miró y me dijo:
«¿Bebes tú también de esta copa? Ciertamente habrás de sorber de su borde conmigo hasta el fin de los tiempos».
Así diciendo, puso su mano sobre mi hombro libre. Y caminamos juntos hacia el Monte de la Calavera.
Pero ahora no sentía el peso de la cruz. Sentía solo Su mano. Y era como el ala de un pájaro sobre mi hombro.