No lo amaba, mas tampoco lo odiaba. No lo escuchaba para oír Sus palabras, sino más bien el sonido de Su voz; pues Su voz me placía.
Todo lo que Él dijo era vago para mi mente, pero la música de aquello era clara para mi oído.
Ciertamente, de no ser por lo que otros me han dicho de Su enseñanza, ni siquiera habría llegado a saber si Él estaba con Judea o en contra de ella.