Usted ha observado que algunos de nosotros llamamos a Jesús el Cristo, y otros la Palabra, y otros lo llaman el Nazareno, y todavía otros el Hijo del Hombre.
Intentaré hacer claros estos nombres a la luz que se me ha dado.
El Cristo, Aquel que estaba en el principio de los días, es la llama de Dios que habita en el espíritu del hombre. Él es el sopillo de vida que nos visita, y toma para sí un cuerpo semejante a nuestros cuerpos.
Él es la voluntad del Señor.
Él es la primera Palabra, que hablaría con nuestra voz y viviría en nuestro oído para que podamos prestar atención y comprender.
Y la Palabra del Señor nuestro Dios edificó una casa de carne y huesos, y fue hombre semejante a ti y a mí.
Porque no podíamos oír la canción del viento sin cuerpo ni ver a nuestro ser más grande caminando en la bruma.
Muchas veces el Cristo ha venido al mundo, y ha recorrido muchas tierras. Y siempre ha sido tenido por extranjero y por loco.
Y sin embargo, el sonido de su voz jamás descendió hacia el vacío, pues la memoria del hombre guarda aquello de lo que su mente no se preocupa por cuidar.
Este es el Cristo, lo más íntimo y la cumbre, que camina con el hombre hacia la eternidad.