“Entonces el otro siervo se adelantó y dijo: ‘Señor, temí la pérdida de tu dinero; y no compré ni vendí. He aquí, está todo aquí en esta bolsa’.”
“Y el mercader tomó el oro y dijo: «Poca es tu fe. Negociar y perder es mejor que no aventurarse. Porque así como el viento esparce su semilla y espera el fruto, así deben hacer todos los mercaderes. De ahora en adelante te convendría más servir a los demás»”.
Cuando Jesús habló así, aunque no era mercader, reveló el secreto del comercio.
Además, sus parábolas traían a menudo a mi memoria tierras más distantes que mis viajes, y sin embargo más cercanas que mi casa y mis bienes.
Pero el joven nazareno no era un dios; y es una lástima que sus seguidores busquen hacer un dios de semejante sabio.