Sus discípulos están dispersos. Él les dejó el legado del dolor antes de ser Él mismo ejecutado. Se les persigue como al ciervo y a los zorros de los campos, y la aljaba del cazador todavía está llena de flechas.
Pero cuando son capturados y conducidos a la muerte, van jubilosos y sus rostros resplandecen como el rostro del esposo en el banquete de bodas. Porque Él también les dejó el legado de la alegría.
Tuve un amigo del Norte, y su nombre era Esteban; y porque proclamaba a Jesús como el Hijo de Dios, fue llevado a la plaza del mercado y apedreado.
Y cuando Esteban cayó a tierra, extendió los brazos como si fuera a morir como había muerto su Maestro. Sus brazos estaban abiertos como alas listas para el vuelo. Y cuando el último destello de luz se apagaba en sus ojos, con mis propios ojos vi una sonrisa en sus labios. Era una sonrisa como el soplo que llega antes del final del invierno como prenda y promesa de la primavera.
¿Cómo he de describirlo?
Parecía que Esteban estaba diciendo:
“Si yo fuera a otro mundo, y otros hombres me condujeran a otra plaza de mercado para apedrearme, aun entonces lo proclamaría a Él por la verdad que había en Él, y por esa misma verdad que hay en mí ahora”.
Y noté que había un hombre de pie cerca, que miraba con agrado el apedreamiento de Esteban.