Yo era un extranjero en Jerusalén. Había venido a la Ciudad Santa para contemplar el gran templo y sacrificar sobre el altar, pues mi esposa había dado a mi tribu hijos mellizos.
Y después de haber hecho mi ofrenda, me detuve en el pórtico del templo contemplando a los cambistas y a aquellos que vendían palomas para el sacrificio, y escuchando el gran ruido en el atrio.
Y al estar allí, vino de repente un hombre en medio de los cambistas y de los que vendían palomas.
Era un hombre de majestad, y vino velozmente.
En Su mano sostenía una cuerda de piel de cabra; y comenzó a volcar las mesas de los cambistas y a golpear a los vendedores de aves con la cuerda.
Y le oí decir con gran voz:
«Devolved estas aves al cielo que es su nido».
Hombres y mujeres huyeron de su presencia, y Él se movía entre ellos como el viento arremolinado se mueve sobre las dunas.
Todo esto aconteció en un solo instante, y luego el atrio del Templo quedó vacío de los cambistas. Solo el hombre se quedó allí solo, y Sus seguidores se mantenían a la distancia.
Entonces volví mi rostro y vi a otro hombre en el pórtico del templo. Y caminé hacia él y le dije: > «Señor, ¿quién es este hombre que está solo, aun como otro