Conozco a aquel que nada contra todas las corrientes, pero nunca encuentra el nacimiento; que corre con todos los ríos, pero jamás se atreve al mar.
Conozco a aquel que ofrece sus torpes manos al constructor del templo, y cuando sus torpes manos son rechazadas, dice en la oscuridad de su corazón:
«Destruiré todo lo que sea construido».
Conozco a todos estos. Son los hombres que objetan que Jesús dijo un día: «Les traigo la paz», y otro día: «Les traigo una espada».
No pueden comprender que en verdad Él dijo:
«Traigo la paz a los hombres de buena voluntad, y pongo una espada entre aquel que quiere la paz y aquel que quiere la espada».
Se maravillan de que Aquel que dijo: «Mi reino no es de este mundo», dijera también: «Dad al César lo que es del César»; y no saben que, si en verdad han de ser libres para entrar en el reino de su pasión, no deben resistirse al guardián de sus necesidades. Les conviene pagar con alegría ese tributo para entrar en esa ciudad.
Allí están los hombres que dicen:
“Predicó la ternura, la bondad y el amor filial, y sin embargo no quiso escuchar a su madre y a sus hermanos cuando lo buscaban por las calles de Jerusalén”.
Ellos no saben que Su madre y sus hermanos, en su amoroso temor, habrían querido que Él regresara al banco del carpintero, mientras que Él nos estaba abriendo los ojos a la aurora de un nuevo día.