Al vigésimo día de Su muerte, todas las mujeres vecinas acudieron a la casa de María para consolarla y entonar trenodias.
Y una de las mujeres cantó esta canción:
¿A dónde mi Primavera, a dónde? ¿Y a qué otro espacio asciende tu perfume? ¿En qué otros campos caminarás? ¿Y a qué cielo alzarás la cabeza para hablar desde el corazón?
Estos valles serán estériles, Y no tendremos más que campos secos y áridos. Todas las cosas verdes se marchitarán bajo el sol, Y nuestros huertos darán manzanas agrias, Y nuestros viñedos, uvas amargas. Tendremos sed de tu vino, Y nuestras fosas nasales añorarán tu fragancia.
¿A dónde, Flor de nuestra primera Primavera, a dónde? ¿Y no habrás de regresar jamás? ¿No volverá tu jazmín a visitarnos, Y tu ciclamen a detenerse en nuestros caminos Para decirnos que también nosotros tenemos las raíces hundidas en la tierra, Y que nuestro aliento incesante treparía por siempre hacia el cielo?
¿A dónde, Jesús, a dónde, Hijo de mi vecina María, Y camarade de mi hijo? ¿Hacia dónde, nuestra primera Primavera, y a qué otros campos? ¿Volverás a nosotros alguna vez? ¿Visitarás en tu marea de amor las estériles orillas de nuestros sueños?