En un campo he observado una bellota, una cosa tan quieta y Aparentemente inútil.
Y en la primavera he visto a esa bellota echar raíces y levantarse, el principio de un roble, hacia el sol.
Ciertamente consideraríais esto un milagro, mas semejante milagro se obra un millón de veces en el sopor de cada otoño y la pasión de cada primavera.
¿Por qué no ha de obrarse en el corazón del hombre?
¿Acaso no se encontrarán las estaciones en la mano o sobre los labios de un Hombre Ungido?
Si nuestro Dios ha dado a la tierra el arte de albergar la semilla mientras la semilla está aparentemente muerta, ¿por qué no le dará al corazón del hombre el poder de infundir vida en otro corazón, incluso en un corazón aparentemente muerto?
He hablado de estos milagros, los cuales tengo por poca cosa al lado del mayor milagro, que es el Hombre mismo, el Caminante, aquel que convirtió mi escoria en oro, que me enseñó a amar a los que me odian y al hacerlo me trajo consuelo y dio dulces sueños a mi sueño.
Este es el milagro en mi propia vida.
Mi alma era ciega, mi alma cojeaba. Estaba poseído por espíritus inquietos, y estaba muerto.
Pero ahora veo con claridad, y camino erguido. Estoy en paz, y vivo para presenciar y proclamar mi propio ser a cada hora del día.
Y no soy uno de Sus seguidores. No soy más que un viejo astrónomo que visita los campos del espacio una vez por temporada, y que desea acatar la