obrado en Judea. Sí, todos Sus propios milagros, si fueran colocados a Sus pies, no llegarían a la altura de Sus tobillos.
Y todos los ríos de todos los años no se llevarán nuestro recuerdo de Él.
Él era una montaña ardiendo en la noche, sin embargo, era un suave brillo más allá de las colinas. Él era una tempestad en el cielo, sin embargo, era un murmullo en la bruma del amanecer.
Era un torrente que descendía de las alturas a las llanuras para destruir todo a su paso.
Y Él era como la risa de los niños.
Cada año había esperado la primavera para visitar este valle. Había esperado los lirios y los ciclámenes, y entonces cada año mi alma se había entristecido en mi interior; por siempre anhelaba regocijarme con la primavera, mas no podía.
Pero cuando Jesús llegó a mis estaciones, Él fue en verdad una primavera, y en Él estaba la promesa de todos los años por venir. Lenó mi corazón de alegría; y como las violetas crecí, una cosa tímida, a la luz de Su venida.
Y ahora las estaciones cambiantes de mundos aún no nuestros no borrarán Su hermosura de este nuestro mundo.
No, Jesús no era un fantasma, ni una ocurrencia de los poetas. Era hombre como tú y como yo. Pero solo a la vista, al tacto y al oído; en todo lo demás era distinto de nosotros.
Él era un hombre de alegría; y fue en el sendero de la alegría donde salió al encuentro de las dolores de todos los hombres.
Y fue desde los altos techos de Sus dolores desde donde contempló la alegría de todos los hombres.