Hay un abismo que se abre entre los que le aman y los que le odian, entre los que creen y los que no creen.
Pero cuando los años hayan salvado ese abismo, sabréis que aquel que vivió en nosotros es inmortal, que Él era el Hijo de Dios así como nosotros somos hijos de Dios; que nació de una virgen así como nosotros nacemos de la tierra sin esposo.
Es por demás extrañamente curioso que la tierra no dé a los incrédulos las raíces que mamarían de su pecho, ni las alas con las cuales volar alto y beber, y saciarse con los rocíos de su espacio.
Pero sé lo que sé, y es suficiente.