No mucho después dejamos Siria, y desde aquel día mi mujer ha sido una mujer de tristeza. A veces, incluso aquí en este jardín, veo una tragedia en su rostro.
Me dicen que habla mucho de Jesús a otras mujeres de Roma.
He aquí que el hombre cuya muerte decreté regresa del mundo de las sombras y entra en mi propia casa.
Y dentro de mí me pregunto una y otra vez: ¿Qué es la verdad y qué no es la verdad?
¿Será que el sirio nos está conquistando en las horas calladas de la noche?
No debería ser así, en verdad.
Pues Roma ha de prevalecer contra las pesadillas de nuestras esposas.