Él habló mal de los hombres ricos. Y un día le pregunté diciendo:
«Señor, ¿qué debo hacer para alcanzar la paz del espíritu?».
Y me mandó que diera mis posesiones a los pobres y le siguiera.
Pero Él no poseía nada; por tanto, no conocía la seguridad ni la libertad de las posesiones, ni la dignidad y el respeto propio que en ellas residen.
En mi casa hay ciento cuarenta esclavos y mayordomos; unos trabajan en mis olivares y viñedos, y otros dirigen mis naves hacia islas lejanas.
Si le hubiera hecho caso y hubiera entregado mis bienes a los pobres, ¿qué habría sido de mis esclavos, de mis criados y de sus mujeres e hijos? Ellos también se habrían convertido en mendigos a las puertas de la ciudad o en el pórtico del templo.
No, aquel buen hombre no comprendía el secreto de las posesiones. Como Él y Sus seguidores vivían de la generosidad ajena, creía que todos los hombres debían vivir de la misma manera.
He aquí una contradicción y un enigma: ¿Deben los hombres ricos otorgar sus riquezas a los pobres, y es menester que los pobres tengan la copa y el pan del hombre rico antes de recibirle en su mesa?
¿Y acaso tiene el dueño de la torre que hacer de anfitrión de sus inquilinos antes de llamarse a sí mismo señor de su propia tierra?
La hormiga que guarda comida para el invierno es más sabia que un saltamontes que canta un día y pasa hambre otro.