Se ha dicho que Jesús fue enemigo de Roma y de Judea.
Pero yo digo que Jesús no fue enemigo de ningún hombre ni de ninguna raza.
He oído decir a Él: «Las aves del cielo y las cumbres de las montañas no se ocupan de las serpientes en sus oscuros agujeros.
“Que los muertos entierren a sus muertos. Sé tú mismo de entre los vivos, y remóntate a lo alto”.
No fui uno de Sus discípulos. No era más que uno de los muchos que fueron tras Él para contemplar Su rostro.
Él miraba a Roma y a nosotros, que somos los esclavos de Roma, como un padre mira a sus hijos jugando con juguetes y peleándose entre ellos por el juguete más grande. Y Él se rio desde Su altura.
Era más grande que el Estado y la raza; era más grande que la revolución.
Él era soltero y estaba solo, y Él era un despertar.
Él lloró todas nuestras lágrimas no derramadas y sonrió todas nuestras rebeldías.
Sabíamos que estaba en su poder nacer con todos los que aún no han nacido, y ordenarles que vieran, no con sus ojos sino con su visión.
Jesús fue el principio de un nuevo reino sobre la tierra, y ese reino permanecerá.
Él era el hijo y el nieto de todos los reyes que edificaron el reino del espíritu.