Cuando nuestro Amado murió, toda la humanidad murió y todas las cosas por un instante quedaron quietas y grises. Luego el oriente se oscureció, y una tempestad brotó de él y barrió la tierra. Los ojos del cielo se abrieron y se cerraron, y la lluvia cayó a raudales y se llevó la sangre que manaba de Sus manos y de Sus pies.
Yo también morí. Pero en lo hondo de mi olvido le oí hablar y decir:
«Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.»
Y Su voz buscó a mi espíritu ahogado y fui devuelto a la orilla.
Y abrí los ojos y vi Su cuerpo blanco suspendido contra la nube, y Sus palabras que yo había escuchado tomaron forma en mi interior y se convirtieron en un hombre nuevo. Y no me conmovió más el dolor.
¿Quién se entristecería por un mar que descubre su rostro, o por una montaña que ríe bajo el sol?
¿Estuvo alguna vez en el corazón del hombre, cuando ese corazón fue traspasado, decir tales palabras?
¿Qué otro juez de los hombres ha puesto en libertad a Sus jueces? ¿Y acaso el amor ha desafiado alguna vez al odio con un poder más seguro de sí mismo?
¿Se oyó jamás semejante trompeta entre el cielo y la tierra?
¿Se sabía acaso antes que el asesino tuviera compasión de sus víctimas? ¿O que el meteoro detuviera sus pasos por el topo?