Conocí a María, la madre de Jesús, antes de que se convirtiera en esposa de José el carpintero, cuando ambas éramos aún solteras.
Por entonces, María contemplaba visiones y escuchaba voces, y hablaba de ministros celestiales que visitaban sus sueños.
Y las gentes de Nazaret la tenían presente, y observaban su andar y su venir. Y la miraban con ojos bondadosos, pues había alturas en su frente y espacios en sus pasos.
Pero algunos decían que estaba poseída. Decían esto porque solo iba a sus propios recados.
La juzgué vieja mientras era joven, pues había cosecha en su floración y fruta madura en su primavera.
Nació y se crió entre nosotros, pero era como una extranjera de las Tierras del Norte. En sus ojos había siempre el asombro de quien aún no está familiarizado con nuestros rostros.
Y era tan altiva como la antigua María, que marchó con sus hermanos desde el Nilo hasta el desierto.
Entonces María fue desposada con José el carpintero.
Cuando María estaba encinta de Jesús, solía caminar entre las colinas y regresaba al anochecer con una hermosura y un dolor en los ojos.
Y cuando Jesús nació, me dijeron que María le había dicho a su madre: