Y Él dijo: “Sí, Miriam, pero ahora no”.
—Ahora no, ahora no —dijo—. Y la voz del mar estaba en esas dos palabras, y la voz del viento y de los árboles. Y cuando Él me las dijo, la vida le habló a la muerte.
Pues tened en cuenta, amigo mío, que estaba muerta. Era una mujer que se había divorciado de su alma. Vivía separada de este ser que ahora veis.
Pertenecía a todos los hombres, y a ninguno. Me llamaban ramera y mujer poseída por siete demonios. Fui maldecida y fui envidiada.
Pero cuando Sus ojos de alba miraron a mis ojos, todas las estrellas de mi noche se desvanecieron, y me convertí en Miriam, solo en Miriam, una mujer perdida para la tierra que había conocido, y que se hallaba a sí misma en nuevos parajes.
Y ahora de nuevo le dije: «Entra en mi casa y comparte el pan y el vino conmigo».
Y Él dijo:
«¿Por qué me invitáis a ser vuestro huésped?»
Y yo dije:
«Te ruego que entres en mi casa».
Y era todo lo que había de tierra en mí y todo lo que había de cielo en mí clamando hacia Él.
Luego Él me miró, y el mediodía de Sus ojos estuvo sobre mí, y Él dijo: > “Tienes muchos amantes, y sin embargo solo yo te amo. Los otros hombres se aman a sí mismos en tu cercanía.