Cuando volví a encontrarle en Jericó, le busqué y le dije:
«Maestro, mañana mi hijo tomará esposa. Te ruego que vengas al banquete de bodas y nos honres, así como honraste las bodas de Caná de Galilea».
Y Él respondió:
«Es verdad que una vez fui invitado a un banquete de bodas, pero no volveré a ser invitado. Ahora soy yo mismo el Esposo».
Y yo dije:
«Te ruego, Maestro, ven a las bodas de mi hijo».
Y Él sonrió como si fuera a reprenderme, y dijo:
«¿Por qué me suplicas? ¿Acaso no tienes suficiente vino?»
Y yo dije:
“Mis cántaros están llenos, Maestro; mas te ruego que vengas al banquete de bodas de mi hijo”.
Entonces Él dijo: “¿Quién sabe? Puede que venga, seguramente vendré, si tu corazón es un altar en tu templo.”
A la mañana siguiente mi hijo se casó, pero Jesús no vino al banquete de bodas. Y aunque tuvimos muchos invitados, sentí que nadie había venido.