Sí, solía oírle hablar. Siempre había una palabra pronta en Sus labios.
Pero lo admiraba como hombre más que como líder. Predicaba algo que iba más allá de mi agrado, quizá más allá de mi razón. Y no toleraría que ningún hombre me predicara.
Me cautivaron Su voz y Sus gestos, pero no la sustancia de Su discurso. Me fascinó, pero jamás me convenció; pues era demasiado impreciso, demasiado distante y oscuro como para llegar a mi mente.
He conocido a otros hombres como Él. Nunca son constantes ni son coherentes. Es con elocuencia y no con principios como retienen tu atención y tu fugaz pensamiento, pero jamás el centro de tu corazón.
Qué lástima que Sus enemigos lo confrontaran y precipitaran los acontecimientos. No era necesario. Creo que su hostilidad acrecentará Su estatura y convertirá Su mansedumbre en poder.
¿Pues no es acaso extraño que al oponerse a un hombre uno le dé valor? ¿Y que al detener sus pasos le dé alas?
No conozco a Sus enemigos, mas tengo la certeza de que, en su temor ante un hombre inofensivo, le han prestado fuerza y lo han vuelto peligroso.