El cuarto día de la semana siguiente me llevaron a la casa de mi prometido y me entregaron en matrimonio.
Y Jesús se acercó, y con Él su madre y su hermano Jacobo.
Y se sentaron a la mesa nupcial con nuestros invitados mientras mis compañeras doncellas cantaban los cantos de bodas del rey Salomón.
Y Jesús comió de nuestra comida y bebió de nuestro vino y nos sonrió a mí y a los demás.
Y Él escuchó todas las canciones del amante que introducía a su amada en su tienda; y del joven viñador que amaba a la hija del señor de la viña y la llevó a la casa de su madre; y del príncipe que encontró a la doncella mendiga y se la llevó a su reino y la coronó con la corona de sus padres.
Y parecía como si Él estuviera escuchando además otras canciones que yo no podía oír.
Al ponerse el sol, el padre de mi novio se acercó a la madre de Jesús y le susurró diciendo:
“No nos queda más vino para nuestros invitados. Y el día aún no ha terminado”.
Y Jesús oyó los susurros y dijo: “El copero sabe que aún hay más vino”.
Y así fue en verdad, y mientras los invitados permanecieron allí hubo buen vino para todos los que quisieron beber.
En seguida Jesús comenzó a hablarnos. Nos habló de las maravillas de la tierra y del cielo; de las flores del cielo que florece cuando la noche se halla sobre la tierra, y de las flores de la tierra que brotan cuando el día oculta las estrellas.