Después de que se lo llevaron, me lo confiaron. Y Poncio Pilato me ordenó que lo mantuviera bajo custodia hasta la mañana siguiente.
Mis soldados lo llevaron preso, y Él les fue obediente.
A medianoche dejé a mi mujer y a mis hijos y visité el arsenal. Era mi costumbre rondar y comprobar que todo marchaba bien con mis batallones en Jerusalén; y aquella noche visité el arsenal donde Él estaba detenido.
Mis soldados y algunos de los jóvenes judíos se estaban burlando de Él. Lo habían despojado de su manto y le habían puesto una corona de espinas secas del año pasado sobre la cabeza.
Lo habían sentado contra una columna, y bailaban y gritaban ante Él.
Y le habían dado una caña para que la sostuviera en su mano.
Al entrar, alguien gritó:
«He aquí, oh Capitán, el Rey de los judíos».
Me detuve ante Él y lo miré, y sentí vergüenza. No sabía por qué.
Había luchado en la Galia y en Hispania, y con mis hombres me había enfrentado a la muerte. Sin embargo, jamás había sentido miedo, ni había sido un cobarde. Pero cuando me hallé ante aquel hombre y Él me miró, perdí el ánimo. Me pareció como si mis labios estuvieran sellados, y no pude articular palabra.
Y al instante salí del arsenal.
Esto ocurrió hace treinta años.