jamás permitió en las salas de burlesque. > Al parecer, las clases bajas deben ser contenidas en el ejercicio vicario de sus naturalezas inferiores, pero las clases más adineradas pueden llegar hasta el límite. El precio de la entrada y la «clase» del teatro parecen marcar toda la diferencia del mundo entre el mal prohibido y el permisible.
En Nueva York, donde los directores judíos abundan más de lo que jamás lo harán en Jerusalén, el límite de la audacia teatral en el reino de lo prohibido se empuja cada vez más lejos. El espectáculo de «Afrodita» de la temporada pasada parecía diseñado deliberadamente como un ataque frontal al último escrúpulo atrincherado del conservadurismo moral. Las escenas son sumamente orientales en su voluptuoso abandono. Hombres en taparrabos, pieles de leopardo y de gamos, mujeres con vaporosos vestidos de gasa, rajados hasta las caderas y con muy poca cosa más, conformaban un desfile desconcertante cuya cúspide fue el descubrimiento de una muchacha completamente desnuda cuyo cuerpo había sido pintado para parecerse al mármol. Salvo por el hecho de que todo estaba diseñado y llevado a cabo según lo previsto, fue casi el «límite» al que tales exhibiciones podrían llegar en la vida real. Su promotor, por supuesto, era judío. Como entretenimiento era infantil; el esplendor de sus insinuaciones, el atrevimiento de sus situaciones, eran el fruto de un largo estudio del arte de seducir a la mente popular.
Se decía, cuando apareció por primera vez «Afrodita», que la policía había tomado medidas en su contra, aunque algunos sostenían que se trataba de un ardid publicitario astuto para despertar el interés del público ante la lascivia prometida. También se decía