han tomado nota de la Cuestión Judía, amenazas que han sido pronunciadas, susurradas, escritas y aprobadas como resoluciones por organizaciones judías.
Si el investigador sincero de la Cuestión Judía resulta ser un empresario, entonces el «boicot» es la primera «respuesta» en la que los judíos parecen pensar.
Ya se trate de un periódico, como en el caso del antiguo New York Herald; o de un establecimiento mercantil, como en el caso de la famosa tienda de A. T. Stewart; o de un hotel, como en el caso del antiguo Grand Union Hotel en Saratoga; o de una producción dramática, como en el caso de «El mercader de Venecia»; o de cualquier artículo manufacturado cuyo fabricante haya adoptado la política de que «mis productos están a la venta, pero no mis principios» —si existe cualquier tipo de relación comercial con el estudioso de la Cuestión Judía, la primera «respuesta» es el «boicot»—.
La técnica es esta: primero se pone en marcha una «campaña de susurros». Rumores inquietantes empiezan a propagarse de forma densa y rápida. «Ya verás cómo nos lo cargamos», es la consigna que se transmite. Los judíos al frente de los servicios de teletipos adoptan el lema de «un rumor al día». Los judíos al frente de los periódicos locales adoptan la política de «un titular difamatorio al día». Los judíos al frente de los voceadores callejeros (todas las esquinas y los lugares más codiciados del centro están acaparados por «padrones» judíos que solo permiten que vendan sus propios chicos) dan órdenes de destacar ciertas noticias en sus pregones callejeros: «Un grito nuevo contra él cada día». Toda la campaña contra el crítico de la judería, sea