la de esperar que los aplausos y la aprobación sigan a cada acto y a cada palabra. Hubo un tiempo en la historia de Estados Unidos —y fue el período más glorioso de nuestro pasado— en que la oposición se consideraba una actitud a menudo deseable. El peso de un hombre se calculaba como igual, ya fuera medido por el número de sus enemigos o el de sus amigos. Pero un cambio debilitante ha ocurrido en nosotros. Nos ha llegado a gustar el aplauso. Los silbidos solían agitar a nuestros padres; los silbidos acobardan a sus hijos. El discurso público se ha vuelto así fofo; la prensa se ha vuelto así neutral; nos hemos vuelto abotagados y fútiles en nuestro programa de «ayudar al débil», tan abotagados y fútiles que ya no tenemos cartílago para atacar al fuerte que ha traído la debilidad sobre los demás.
Como pueblo, hemos repartido la «milonga» con tanta frecuencia; hemos debilitado nuestro juicio y nuestras convicciones morales THE PRESENT STATUS OF THE JEWISH QUESTION 245 tan gravemente a través de nuestra falsa «filosofía del Boost» [del entusiasmo impulsor], nos hemos acostumbrado tanto a medir la eficacia del trabajo por el aplauso que provoca de inmediato, que hemos perdido todo apetito por los rumbos que exigen lucha, a no ser que se trate de esas luchas espurias de la arena política que se gestionan desde el mismo Gran Cuartel General, o de esas invectivas verbales contra el «Gran Capital» que no provocan ninguna reacción. Hemos perdido todo gusto por los enemigos tangibles que disponen de una pronta represalia.
No obstante, es verdad que, mientras que hace un año no era posible pronunciar la